Los mercados globales cerraron septiembre bajo una combinación particularmente incómoda para inversionistas y bancos centrales: petróleo caro y rendimientos de bonos soberanos en niveles no vistos en muchos años. Reuters informó que el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 10 años superó 5.27 %, un máximo de 19 años, mientras el bono a dos años se acercó a 5 %. Cuando los rendimientos suben de esa manera, el mercado está exigiendo una mayor compensación por prestar dinero y, al mismo tiempo, está reflejando expectativas de inflación y tasas más altas durante más tiempo.

Ese movimiento no se queda dentro de Wall Street. Los bonos del Tesoro sirven como referencia para gran parte del sistema financiero mundial. Una subida sostenida puede trasladarse al costo de las hipotecas, al financiamiento corporativo, a la deuda pública y a las condiciones de crédito. Para los gobiernos también significa una factura de intereses mayor cuando refinancian obligaciones; para las empresas, proyectos de inversión más costosos; y para los hogares, menos margen para consumir o endeudarse.

El segundo frente es la energía. El Brent cotizaba alrededor de US$106.77 por barril y el WTI cerca de US$93.94 durante la jornada, según Reuters. Aunque las exportaciones de grandes productores de Oriente Medio han mostrado recuperación, parte de ese flujo depende de rutas y operaciones más costosas. La incertidumbre sobre el estrecho de Ormuz mantiene una prima de riesgo sobre el petróleo porque se trata de una de las principales vías marítimas para el comercio global de crudo y gas.

La relación entre petróleo y tasas es clave. Cuando suben de forma persistente los combustibles y los costos de transporte, pueden aumentar los precios de bienes, producción y logística. Si los bancos centrales interpretan ese impulso como una amenaza para la estabilidad de precios, disponen de menos espacio para reducir tasas. El resultado puede ser una economía que enfrenta simultáneamente energía cara y crédito caro.

En renta variable, ese escenario suele castigar especialmente a empresas cuyo valor depende de ganancias esperadas a largo plazo, porque esas ganancias se descuentan a tasas más elevadas. También puede favorecer temporalmente activos con flujos más inmediatos o sectores relacionados con energía. No obstante, la reacción del mercado no es automática: depende de la duración del choque, del crecimiento económico y de cómo respondan la Reserva Federal y otros bancos centrales.

Para economías importadoras de combustibles, incluida República Dominicana, el punto de observación no es solo el precio internacional del barril. También importan el dólar, los costos de transporte, los mecanismos internos de fijación de combustibles y el efecto indirecto sobre electricidad, alimentos y logística. Por eso un movimiento prolongado en petróleo y tasas internacionales puede terminar sintiéndose lejos de los grandes centros financieros.

Fuentes consultadas